{"id":12486,"date":"2014-09-03T00:00:00","date_gmt":"2014-09-03T00:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/des-mza.infd.edu.ar\/sitio\/cuentos-de-la-vida-escolar\/"},"modified":"2014-09-03T00:00:00","modified_gmt":"2014-09-03T00:00:00","slug":"cuentos-de-la-vida-escolar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/superior-infd.mendoza.edu.ar\/sitio\/cuentos-de-la-vida-escolar\/","title":{"rendered":"Cuentos de la vida escolar"},"content":{"rendered":"<p class=\"sitio_noticia_volanta\" >11 de setiembre: D\u00eda del maestro<\/p>\n<h3>Cuentos de la vida escolar<\/h3>\n<p class=\"sitio_noticia_copete\" >Acercamos a los docentes tres cuentos extra\u00eddos del libro Relatos de escuela, compilado por Pablo Pineau. El libro permite al lector reconstruir las experiencias escolares argentinas en el nivel primario y medio desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad.<\/p>\n<hr class=\"sitio_noticia_contenido\" \/>\n<p >\n<h2><span style=\"font-size: 10pt;\"><strong style=\"color: #99cc00; font-size: 10px;\">&nbsp;<img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" title=\"\" src=\"https:\/\/superior-infd.mendoza.edu.ar\/sitio\/wp-content\/uploads\/2018\/08\/images_5_1.jpg\" border=\"0\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"183\"><\/strong><\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #008000;\"><strong><span style=\"font-size: 10pt;\">Esos chicos pierden el tiempo! (1935)<\/span><\/strong><\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 10pt;\">Por Olga Cossettini*<\/span><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">A la lectura se asocia el canto (&#8230;). La lectura interpretada as&iacute; crea en el ni&ntilde;o el sentido art&iacute;stico.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Casi siempre, despu&eacute;s de cuatro o cinco lecturas, hacen un programa y organizan una fiesta a la que invitan a otros grados.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Son actos simp&aacute;ticos; contienen la belleza que emana de las cosas sencillas y hondas, que se han arraigado bien en el alma y no son sino una consecuencia inmediata de las clases de lectura.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Recuerdo que cierto d&iacute;a, al empezar uno de esos actos, lleg&oacute; a la escuela un padre en son de protesta y dirigi&eacute;ndose a la maestra dijo:<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">-&iexcl;Esos chicos pierden el tiempo!<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Pero la maestra le replic&oacute; con energ&iacute;a:<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">-No, se&ntilde;or, lo que ocurre es que usted quiere que su hija sea educada en la escuela del rigor, a la que usted asist&iacute;a mas por obligaci&oacute;n que por cari&ntilde;o; venga usted y presencie la fiesta, puede ser que cambie de opini&oacute;n.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Y ah&iacute; estaba instalado en una silla del Teatro Infantil, un poco inc&oacute;modo por la algazara de los chicos y la expresi&oacute;n sonriente de algunas madres.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">El segundo n&uacute;mero del programa era un di&aacute;logo que deb&iacute;a ser interpretado por una ni&ntilde;a y la hija del padre ofendido, una peque&ntilde;a llena de alegr&iacute;a y de gracia. Era una escena de amor maternal y la ni&ntilde;a, posesionada de su papel de madre, arrullaba a su mu&ntilde;eca cant&aacute;ndole un \u00abdu&eacute;rmete, mi ni&ntilde;o\u00bb dulc&iacute;simo.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Observ&eacute; la actitud del padre, hasta entonces r&iacute;gida y fr&iacute;a. Poco a poco fue modificando su expresi&oacute;n, lo mir&eacute; recogerse en la silla, inclinar un poco la cabeza, pasar repetidas veces la mano por su ment&oacute;n &aacute;spero, hasta que al final aplaudi&oacute; con los chicos confundiendo su alegr&iacute;a nueva con la alegr&iacute;a de los peque&ntilde;os.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Cuando sali&oacute; del sal&oacute;n quiso volver a su actitud primera, pero no tuvo tiempo. Ah&iacute; estaba frente a &eacute;l su hijita, satisfecha, sonriente, esperando del pap&aacute; la palabra buena, que no tard&oacute; en llegar.<\/span><\/em><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 8pt;\">Fragmento de \u00abEscuela serena. Apuntes de una maestra\u00bb, en Olga y Leticia Cossettini,&nbsp;<em>Obras completas<\/em>, Santa Fe, AMSAFE, 2001, citado en el libro Relatos de escuela, de Pablo Pineau (compilador), Buenos Aires, Paid&oacute;s, 2005.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 8pt;\">*&nbsp;<strong>Olga Cossettini (1898-1987).<\/strong>&nbsp;Maestra santafesina vinculada a las posiciones m&aacute;s democr&aacute;ticas de la escuela nueva. \u00abEscuela serena. Apuntes de una maestra\u00bb relata su experiencia como directora de la Escuela Experimental Gabriel Carrasco, de Rosario, en las d&eacute;cadas de 1930 y 1940.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 10pt;\">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><span style=\"font-size: 10pt; color: #99cc00;\" data-mce-mark=\"1\">Yo quer&iacute;a chicos de pelo bien corto y ni&ntilde;as de trenzas hechas y deshechas todos los d&iacute;as (1998)<\/span><\/h3>\n<p><strong><span style=\"font-size: 10pt;\">Por Beatriz Sarlo*<\/span><\/strong><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Llegu&eacute; y el primer d&iacute;a de clase vi a las madres de los chicos, analfabetas, muchas vestidas casi como campesinas, con el pa&ntilde;uelo ca&iacute;do hasta la mitad de la frente y las polleras anchas y largas. Algunas no hablaban espa&ntilde;ol, eran ignorantes y se las notaba nerviosas porque seguramente era la primera vez que sal&iacute;an para ir a un lugar p&uacute;blico argentino, a un lugar importante, donde se les ped&iacute;an datos sobre los chicos y papeles. Estas madres, muy t&iacute;midas, muy calladas, dejaban a sus hijos en la puerta. Los primeros a&ntilde;os que dirig&iacute; esa escuela ten&iacute;a un chico extranjero cada diez chicos argentinos, m&aacute;s o menos; pero muchos de esos chicos argentinos tambi&eacute;n eran hijos de extranjeros y no escuchaban palabra de espa&ntilde;ol en casa, sobre todo si eran ni&ntilde;as y se hab&iacute;an criado de puertas adentro. Esos chicos no parec&iacute;an muy limpios, con el pelo pegoteado, los cuellos sucios, las u&ntilde;as negras. Yo me dije, esta escuela se me va a llenar de piojos. Lo primero que hay que ense&ntilde;arles a estos chicos es higiene. [&#8230;]<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Ese primer d&iacute;a, los chicos entraron a clase y yo sal&iacute; de la escuela. Busqu&eacute; una peluquer&iacute;a, me acuerdo perfectamente de que el due&ntilde;o se llamaba don Miguel y le ped&iacute; que con todos sus &uacute;tiles de trabajo me acompa&ntilde;ara a la escuela, que yo me hac&iacute;a cargo de la ma&ntilde;ana que se iba a perder all&iacute;. En el segundo recreo, cuando los chicos estaban todos en el patio, empec&eacute; a elegirlos uno por uno. Los hice formar a un costado y esper&eacute; que tocara la campana y los dem&aacute;s entraran a las aulas. No me acuerdo qu&eacute; les dije a las maestras. Era un d&iacute;a radiante. Le expliqu&eacute; al peluquero que quer&iacute;a que les cortara el pelo a todos los chicos que hab&iacute;an quedado en el patio, que el trabajo se hac&iacute;a bajo mi responsabilidad y que se lo iba a pagar yo misma.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Don Miguel trajo una silla de la porter&iacute;a, la puso a un costado, a la sombra, e hizo pasar al primer chico. Ten&iacute;an un susto terrible. Yo les dije entonces que esa iba a ser la escuela modelo del barrio, que ten&iacute;amos que cuidarla mucho, mantenerla limpia, tanto las aulas como los corredores y los ba&ntilde;os. Y que, en primer lugar, todos nosotros deb&iacute;amos venir limpios y prolijos a la escuela y que lo primero que ten&iacute;amos que tener prolijo era la cabeza porque all&iacute; andaban bichos muy asquerosos que pod&iacute;an traerles enfermedades.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">El peluquero me miraba; el portero, parado a mi lado, ya hab&iacute;a tra&iacute;do el escobill&oacute;n. Todo estaba listo. En media hora, los chicos estaban todos tusados. Una pelusa fina flotaba sobre el patio, una pelusita dorada o marr&oacute;n o negra, de mechones que ca&iacute;an al piso y se separaban con el viento, don Miguel trabajaba r&aacute;pido, aplicando la m&aacute;quina cero a los cogotes y alrededor de las orejas, envolviendo a cada chico, con un movimiento de torero, en una gran toalla blanca que despu&eacute;s sacud&iacute;a frente al escobill&oacute;n del portero. Cuando terminaba con un chico, le daba una palmada en el hombro, yo me acercaba y lo llevaba hasta su sal&oacute;n de clase. Despu&eacute;s volv&iacute;a al patio. Los varones ya estaban listos. A las mujeres, despu&eacute;s que desped&iacute; al peluquero, les orden&eacute; que se soltaran las trenzas y les expliqu&eacute; como deb&iacute;an pasarse un peine fino todas las noches y todas las ma&ntilde;anas. La pelusa flotaba sobre las baldosas al sol.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">En el recreo siguiente, reluc&iacute;an las cabezas rapaditas y a los chicos se les hab&iacute;a pasado el susto, todos iban a recordar c&oacute;mo los mechones de pelo daban vueltas como pompones esponjosos y huecos sobre las baldosas del patio, al sol, mientras el portero las barr&iacute;a y los chicos pegaban grititos. Despu&eacute;s, las maestras me dijeron que nunca hab&iacute;an visto ni escuchado una cosa as&iacute;. Alguna madre vino al d&iacute;a siguiente, muy pocas. Todas cre&iacute;an que si los chicos se lavaban la cabeza se resfriaban. Les expliqu&eacute; que no era as&iacute; y que, en esa escuela, yo quer&iacute;a chicos de pelo bien corto y ni&ntilde;as de trenzas hechas y deshechas todos los d&iacute;as.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Nunca m&aacute;s tuve que llevar a don Miguel al patio. Los rapaditos les ense&ntilde;aron a los dem&aacute;s que era m&aacute;s c&oacute;modo y m&aacute;s despejado tener el pelo cort&iacute;simo. Cuando lo cont&eacute; en mi casa, durante el almuerzo, un hermano m&iacute;o, que ya era abogado, me dijo: \u00abSos una audaz. Te pod&eacute;s meter en un l&iacute;o. Esas cosas no se hacen\u00bb. Pero ni esas madres ni esos chicos sab&iacute;an nada de higiene y la escuela era el &uacute;nico lugar donde pod&iacute;an aprender algo. Un patio lleno de mechones rubios y morochos es una lecci&oacute;n pr&aacute;ctica.<\/span><\/em><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 8pt;\">Fragmento de \u00abCabezas rapadas y cintas argentinas\u00bb, de&nbsp;<em>La m&aacute;quina cultural. Maestras, traductores y vanguardistas<\/em>, Buenos Aires, Ariel, 1998, citado en el libro&nbsp;<em>Relatos de escuela<\/em>, de Pablo Pineau (compilador), Buenos Aires, Paid&oacute;s, 2005.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 8pt;\">*&nbsp;<strong>Beatriz Sarlo (1943)<\/strong>&nbsp;. Ensayista y cr&iacute;tica literaria. \u00abCabezas rapadas y cintas argentinas\u00bb reconstruye y analiza el accionar de Rosa del R&iacute;o, directora de una escuela primaria p&uacute;blica porte&ntilde;a hacia 1920.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 8pt;\" data-mce-mark=\"1\">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;<\/span><\/p>\n<h3><span style=\"font-size: 10pt; color: #99cc00;\">Para que, les dec&iacute;a ella, no los enga&ntilde;aran cuando les llegara la hora de cobrar un sueldo (2000)<\/span><\/h3>\n<p><span style=\"font-size: 10pt;\">Andr&eacute;s Rivera*<\/span><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Esper&oacute; ese nombramiento, meses y a&ntilde;os. Movi&oacute; recomendaciones, memoriz&oacute; las palabras necesarias, vade&oacute; puertas con paciencia y discreci&oacute;n. Por meses y a&ntilde;os, tambi&eacute;n tuvo n&aacute;useas.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Dio clases particulares a chicos que jam&aacute;s distinguir&iacute;an la g de la j, la s de la z; a chicos que se aburr&iacute;an en la escuela, a alg&uacute;n mocoso consentido que quer&iacute;a explorarle los interiores de la bombacha con el mismo aire codicioso y chamb&oacute;n que empleaba para manosear a la muchacha-todo-servicio.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Prepar&oacute;, apresuradamente, una valija, y viaj&oacute; horas y horas rumbo al destino que le asignaron. El paisaje cambi&oacute;. El &oacute;mnibus se llen&oacute; de c&aacute;scaras de frutas, de olores rancios, y de mujeres bajas y de anchas caderas, ojos achinados y palabras escasas.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Subi&oacute; un cerro pedregoso, cubierto de matas salvajes y chatas. La escuela, en la cima del cerro, ten&iacute;a techo de ladrillo y zinc. Ten&iacute;a dos habitaciones con una cama cada una, una peque&ntilde;a cocina, y ten&iacute;a una sala con bancos y pupitres, y un pizarr&oacute;n donde ella escribir&iacute;a, probablemente, letras desarticuladas. No faltaba el retrato, en lo alto de la pared, del padre del aula inmortal.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Respir&oacute; aire puro.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Los chicos aprend&iacute;an a unir consonantes y vocales y armaban una palabra. Y despu&eacute;s, unidas consonantes y vocales, nombraban el paisaje, los &aacute;rboles que les eran familiares, las chivas y los perros. Sumaban un n&uacute;mero y otro n&uacute;mero hasta sortear el error, para que, les dec&iacute;a ella, no los enga&ntilde;aran cuando les llegara la hora de cobrar un sueldo.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Ella aprendi&oacute;, a su vez, que los chicos crec&iacute;an entre piedras, llanura, vientos y resignaci&oacute;n, y que olvidar&iacute;an los precarios trazos que escribieron en la pizarra y en el papel.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Ella les calentaba algo de locro, algo de fideos, algo de leche en un hornillo a gas. Ella los miraba comer, voraces y silenciosos.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Ella los desped&iacute;a con un beso en la mejilla, y los chicos se encog&iacute;an, tensos, como si los fueran a castigar.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Ella los miraba bajar el cerro, camino a sus casas, en el crep&uacute;sculo de cada d&iacute;a.<\/span><\/em><\/p>\n<p><em><span style=\"font-size: 10pt;\">Ella conoci&oacute; la fatalidad de algunos desamparos.<\/span><\/em><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 8pt;\">Fragmento de \u00abLento\u00bb, en&nbsp;<em>Cuentos escogidos<\/em>, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, citado en&nbsp;<em>Relatos de escuela<\/em>, de Pablo Pineau (compilador), Buenos Aires, Paid&oacute;s, 2005.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-size: 8pt;\"><strong>*Andr&eacute;s Rivera (1928)<\/strong>&nbsp;. Seud&oacute;nimo literario de Marcos Rivak. Escritor de cuentos y novelas breves, de estilo lac&oacute;nico y potente. Ha sido Premio Nacional de Literatura.<\/span><\/p>\n<h2>&nbsp;Fuente:&nbsp;ww.educ.ar<\/h2>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/h2>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>11 de setiembre: D\u00eda del maestro Cuentos de la vida escolar Acercamos a los docentes tres cuentos extra\u00eddos del libro Relatos de escuela, compilado por Pablo Pineau. 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